Entrevista a Pedro García Martín autor del químico de los Lumiere - Algaida
¿El cocktail Belle Epoque, cinematógrafo e impresionismo podía ser explosivo, como de hecho acabo con la primera guerra mundial, era una etapa llena de gran creación no?
El período histórico de la Belle Époque fue un auténtico frenesí creador en todos los campos. En economía, coincide con la plenitud de la Revolución Industrial en el continente. En política, con la alternancia de regímenes republicanos y autoritarios. En sociedad, con el auge de la burguesía y la gestación del movimiento obrero. En arte y literatura se produce una auténtica revolución de las imágenes de la mano de la fotografía, la pintura impresionista, el libro ilustrado, el periodismo gráfico y el nacimiento del cinematógrafo. La iluminación artificial amplió el tiempo nocturno para el trabajo y los espectáculos, como óperas y cabarets, que vinieron a prolongar el disfrute turístico del turismo y los deportes diurnos. En definitiva, ese fin del siglo XIX es el germen del mundo actual, pues somos herederos de la cultura del ocio que surgió entonces y que tuvo en París su epicentro.
Ahora bien, su optimismo en el progreso ilimitado rayará en la inconsciencia cuando las grandes potencias midan sus fuerzas en la Gran Guerra. Pues el horror de las trincheras despertará esa indolencia burguesa y dejará heridas abiertas que volverán a sangrar en la Segunda Guerra Mundial.
Para los no iniciados en el tema, nos sorprende la personalidad de Edison ¿Era realmente tan siniestro?
Es muy frecuente idealizar a los genios. Y una cosa es su obra y otra muy distinta su personalidad. Esto ha sucedido con Edison al ser tenido por la encarnación del inventor genial. De hecho fue venerado por las autoridades norteamericanas, en tanto arquetipo de héroe americano en su versión científica, como más tarde harán con los astronautas de la NASA o los premios Nobel. Esto es verdad sólo en parte, pues su agudeza le llevó a interesarse por muchos temas, inventando desde el gramófono al cinemascopio.
Sin embargo, su faceta menos conocida era la soberbia personal, en su intento de monopolizar todas las patentes novedosas. Para ello, desplegó un ejército de agentes de la agencia Pinkerton y de abogados a sueldo, que conformaron una red de espionaje industrial y de testaferros que sobornaban a políticos. Su propósito era que ni en Estados Unidos ni en Europa nadie se le adelantara en un invento. De hecho, cuando los Lumière llevan el cine a Nueva York, sus operadores han de salir huyendo a punta de pistola del acoso de esos detectives. Del mismo modo, cuando los directores yanquis independientes intentan fundar compañías en la costa Este, Edison creó un trust para mantener su monopolio del cine. Esto obligó a los nuevos directores a marchar a un pueblo del Oeste, Hollywood, cuyos alicientes consistían en disponer sol todo el año para rodar exteriores, que los impuestos y los extras eran baratos y, sobre todo, que estaba cerca la frontera mexicana para huir de los detectives de Edison.
La efectividad en la creación de los Lumiere ¿Era fruto de su dinero o de su inteligencia? Puesto que llegaron a crear también la foto en color.
Los Lumière conforman una saga familiar, en la que el fundador, llamado el padre Antoine, era un retratista emprendedor que se hizo un hueco en la sociedad lionesa por su trabajo como fotógrafo. Pero fue la inventiva de sus hijos Auguste y Louis, el primero muy constante y el más joven genial, lo que les llevó a descubrir la foto instantánea. Estas placas, comercializadas con el nombre de Etiqueta Azul, le proporcionaron la fortuna ala familia, pues crearon la mayor fábrica de productos fotográficos del mundo. Mientras el patriarca despilfarraba el capital en mansiones suntuosas, los hijos siguieron investigando hasta dar con el cinematógrafo, que era la foto en movimiento, y con el autocromo, la primera foto en color de la historia, que será el invento del que estén más orgullosos. En suma, fue la formación y el ingenio de los hermanos Lumiére, prototipo de burgueses creyentes en la bondad del futuro, en la revolución de la técnica, los factores que explican su importancia en la historiad e la cultura.
En su novela se adivina que París era el centro del mundo en aquella época, tanto tecnológica como creativamente ¿Es así?
La ciudad de la luz, publicitada en sucesivas Exposiciones Universales, se convirtió en la Belle Époque en el paradigma cultural del mundo. Entonces es cuando se acuñan los iconos que todavía hoy buscan los turistas: Torre Eiffel y museos, cafés y cabarets, desfiles de moda y grandes almacenes. La efervescencia cultural parisina generó hacia ella un flujo internacional de literatos, artistas y creadores de lo que son las marcas de los artículos de lujo. Los escándalos mundanos, las discusiones pictóricas de los “ismos”, los inventos tecnológicos y la arquitectura de hierro y cristal encarnan esos motores de la modernidad.
Por eso, aunque los Lumière inventaron el cine en Lyon, acudieron a la capital francesa para explotarlo públicamente. Y de París al mundo. Porque, y esto me parece muy importante, con el cine Lumière se produce una globalización de la imagen. Pues sus operadores llevan a los cinco continentes filmes europeos, pero se traen material de pueblos hasta ahora desconocidos en el viejo continente, y en este vaivén las imágenes viajan por los cinco continentes.
Usted acerca a los impresionistas como Monet a la búsqueda de los colores del químico de los Lumiere ¿Hubo un contacto real?
No me consta que los Lumière llegaran a conocer personalmente a los pintores impresionistas. Ahora bien, el patriarca Antoine Lumière y Claude Monet nacen en el mismo año, pertenecen a la misma generación, comparten las mismas vivencias históricas y similares inquietudes creativas. De hecho el padre Lumiére, que se consideraba fotógrafo retratista, pintará toda su vida y al final lo hará en estilo impresionista.
Esto me llevó a desarrollar la ficción central de la novela, dado que su argumento estético es el diálogo entre pintura y cine, entre los pinceles de Monet y los inventos de los hermanos Lumiére. Para ello, el protagonista del libro, el químico Jean Flandrin, marcha varias veces desde Lyon al paraíso que el maestro del impresionismo tenía en Giverny, en busca de respuestas a sus dudas cromáticas. Los fotógrafos, pintores y cineastas, primero consiguen detener el instante, la impresión. Luego, le dan movimiento, como es el caso del cine. Y por fin consiguen el color con el autocromo. En definitiva, a todos ellos, inmersos en la revolución icónica de la modernidad, les doy el calificativo de cazadores de imágenes en la Belle Époque.
¿Es cierto que el cine realmente lo inventó otro desgraciado personaje?
Los historiadores del cine cada vez se inclinan a pensar que el cine lo inventó Louis Leprince, un químico francés afincado en Leeds, que, como recreo en la novela, desapareció misteriosamente cuando viajaba de Dijon a París para patentar su invento. Las hipótesis acerca de su desaparición son muchas, pero sus descendientes han estado litigando para que no se cerrara el caso, al sostener la tesis del rapto y del asesinato.
El hecho es que para que naciera el cine necesitábamos dos elementos: la película y el proyector. La primera ya era conocida, por lo que los pioneros la utilizaron con fines comerciales y científicos. De hecho, incluso Edison consiguió el movimiento de la película, en el kinemascopio, un cajón donde se podían ver pequeños filmes. Aunque era de uso individual y no atinó a proyectar las imágenes fuera del aparato. Mientras que el segundo necesitaba de un mecanismo de arrastre, que sería el obturador inventado por los hermanos Lumière, lo que convierte a su cámara en el primer aparato de cine propiamente dicho.
Es muy probable que esto lo consiguiera una década entes el malogrado Leprince, ya que se han hallado películas y otros indicios en su fábrica de Leeds. Sin embargo, el descubrimiento del proyector que trascendió al mundo, el artilugio que inauguró la historia del cine, fue el de los hermanos Lumiere.



